DE MELANCOLÍAS Y OTRAS REALIDADES
10/30/2006
HOMENAJE PÓSTUMO
HOMENAJE PÓSTUMO
A Federico García Lorca
Hay que decir que España por olvidar el dolor es capaz de olvidar a sus genios. Remover la tierra es escarbar a corazón abierto las llagas del pasado, las de dos bandos, hermanos contra hermanos, la herida aún sin cicatrizar de la guerra civil española.
“Donde habite el olvido” -dijo Cernuda- y el olvido puede que se halle en el campo, en los barrancos que se convirtieron en desesperados cementerios para miles de españoles que, bajo la convulsa tierra que les vio nacer, callaron su grito de libertad. En la postergación de la memoria, en su olvido más cruel, se hallan los restos de un poeta, poeta en mayúsculas, poeta en su significado más alto y digno, los de Federico García Lorca. Como los de tantísimos otros que yacen en fosas comunes, ya olvidados de dioses y de los hombres. A venerarlos sólo van raíces e insectos y el agua que el cielo con dolor derrama sobre la tierra que oculta los cadáveres. Nadie sabe con exactitud (a lo sumo los propios asesinos que callaron cobardemente para siempre) en qué paraje de la campiña cayó el cuerpo de Federico. Una bala llena de rabia atravesó el frágil corazón del poeta. Nadie sabe dónde su sangre regó las flores que esperaban la llegada de la luz de la mañana, sólo la luna, con su reflejo melancólico, señala donde yacen los huesos de Lorca, lugar sagrado para los poetas, que sólo en sus versos acercan flores de brisa entrecortada a la eterna figura granadina.
Pero no sólo la madre naturaleza quiere rendirle homenaje físico, también nosotros, hombres de a pie, queremos llevarle flores y racimos de estrellas. Para que ello suceda sólo ha de ser rescatado su cuerpo de la tierra que lo acoge y darle el entierro que merece, majestuoso y digno, al que acudamos todos aquellos que queramos darle el último adiós terrenal, en nuestro nombre y en los que ya se han ido y no pudieron hacerlo. Así cerraremos una herida más de esta España que olvida sus pasos y a sus gentes. Puede que con el entierro de Lorca entendamos mejor nuestra historia y demos al poeta el lugar que en la historia se merece.
Yo quiero emocionarme junto a su lápida y a su universal epitafio. Porque las palabras que en un futuro, espero no muy lejano, sean grabadas en el mármol que lo acoja han de ser para toda la humanidad, palabras que digan siempre, como las que llenan su maravillosa poesía. Siempre contigo querido poeta.
José Fuentes.
A Federico García Lorca
Hay que decir que España por olvidar el dolor es capaz de olvidar a sus genios. Remover la tierra es escarbar a corazón abierto las llagas del pasado, las de dos bandos, hermanos contra hermanos, la herida aún sin cicatrizar de la guerra civil española.
“Donde habite el olvido” -dijo Cernuda- y el olvido puede que se halle en el campo, en los barrancos que se convirtieron en desesperados cementerios para miles de españoles que, bajo la convulsa tierra que les vio nacer, callaron su grito de libertad. En la postergación de la memoria, en su olvido más cruel, se hallan los restos de un poeta, poeta en mayúsculas, poeta en su significado más alto y digno, los de Federico García Lorca. Como los de tantísimos otros que yacen en fosas comunes, ya olvidados de dioses y de los hombres. A venerarlos sólo van raíces e insectos y el agua que el cielo con dolor derrama sobre la tierra que oculta los cadáveres. Nadie sabe con exactitud (a lo sumo los propios asesinos que callaron cobardemente para siempre) en qué paraje de la campiña cayó el cuerpo de Federico. Una bala llena de rabia atravesó el frágil corazón del poeta. Nadie sabe dónde su sangre regó las flores que esperaban la llegada de la luz de la mañana, sólo la luna, con su reflejo melancólico, señala donde yacen los huesos de Lorca, lugar sagrado para los poetas, que sólo en sus versos acercan flores de brisa entrecortada a la eterna figura granadina.
Pero no sólo la madre naturaleza quiere rendirle homenaje físico, también nosotros, hombres de a pie, queremos llevarle flores y racimos de estrellas. Para que ello suceda sólo ha de ser rescatado su cuerpo de la tierra que lo acoge y darle el entierro que merece, majestuoso y digno, al que acudamos todos aquellos que queramos darle el último adiós terrenal, en nuestro nombre y en los que ya se han ido y no pudieron hacerlo. Así cerraremos una herida más de esta España que olvida sus pasos y a sus gentes. Puede que con el entierro de Lorca entendamos mejor nuestra historia y demos al poeta el lugar que en la historia se merece.
Yo quiero emocionarme junto a su lápida y a su universal epitafio. Porque las palabras que en un futuro, espero no muy lejano, sean grabadas en el mármol que lo acoja han de ser para toda la humanidad, palabras que digan siempre, como las que llenan su maravillosa poesía. Siempre contigo querido poeta.
José Fuentes.
10/27/2006
UNA VELA QUE NO TIENE EL MAR
Una vela que no tiene el mar,
un mar que no tiene fuego en sus orillas,
una orilla que no tiene huellas matinales,
una huella que no tiene nombre,
un nombre que no tiene persona,
una persona que no tiene amor,
un amor al que le faltan las velas
y sin luz de vela la luna muere de amor.
Un silencio que no tiene el tiempo,
un tiempo detenido en un fragmento de la noche,
una noche que no tiene quien la mire,
una mirada que no tiene la profundidad del agua,
una gota que no tiene color para su llanto,
un llanto que no tiene corazón que lo acoja,
un corazón que tirita en los azules del crepúsculo,
un azul sin amor es el silencio del olvido
y el olvido esta muerto de amor huido.
Querida amiga, me ha cogido divagando con las nubes del norte, vienen frías con sus deditos congelados en guantes de seda. No todo lo que digo es real se dirá usted, pero le puedo decir que yo amé a una mujer que se escondió tras el unicornio. Por cierto que no la volví a ver. El último abrazo tenía la síntesis de un amor desesperado, tenía los ojillos de la luna apagados. Qué tristeza para mis manos, qué tristeza para mis ojos que buscaban un refugio en el duro y amargo asfalto.
Yo quise amar la belleza dramática de su mirada. A veces cuando se ensimismaba en el azul, era como tener mil soles en mis pupilas ¿conoce usted querida amiga esa sensación? Era la elegancia sobre los mármoles de ésta tierra. Otras veces su mirada se petrificaba en la profundidad del mar, el mediterráneo se entristecía inevitablemente.
Yo sólo quise robar la mirada de los dioses. Pero acceder a tal atributo era demasiado para ser un ser tan terrenal como yo. Mi castigo fue horrible por tal afrenta, mi amor huyó. Le di la espalda a las colinas y borre del cielo su silueta, aunque en la brisa de aquella calurosa mañana se quedó la fragancia de sus caderas.
Me dijeron que la vieron en una fiesta, una de esas que se dan a la luz de los luceros y en la que los comensales hacen fugaces visitas a las estrellas. ¿Ha estado usted en alguna de ellas? Yo no, pero quisiera que me lo contaran, creo saber que los corazones se vuelven de plata y tienen después mucho frío. La muerte crea sus dinastías, se apoya en los cálidos hombros, deja que el tiempo lleve los ases en la mano, alguien me dijo que esas fiestas estaban de muy bien ver, aunque lo que la gente no sabe es que la propia muerte esta bailando su último vals.
Ahora me encuentro aquí esperando que venga mi corazón, lo perdí anteayer y no lo encuentro, ¿me ayudará usted querida amiga a encontrarlo? quien sabe igual se lo llevaron los gitanos y se lo hayan entregado a la Virgen de los Desamparados.
El corazón vela mi melancolía,
mi melancolía que cura las heridas de la luna,
la luna refugio de los amantes de la noche,
la noche en el vacío inmenso de las catedrales,
las catedrales que congelan el júbilo de las almas,
las almas que bordan teoremas en el corazón,
el corazón que vela la melancolía de mi amor.
Será preciso romper todo lo acontecido, romper los arcos de la noche y romper los cristales que fabriqué con su mirada, que lo opaco se vuelva translucido.
Quisiera bailar un vals, nunca lo hice con ella, sólo con el viento de la luna lo bailaba, mientras miraba sus ojos cerrados, dormidos. La orquesta tenía la dulzura de la madrugada. Los músicos llevaban en sus cuerdas el dolor de los amantes perdidos, era una crueldad que nunca entendí. Aquellos pasos con la luna eran un presagio de despedida, un adiós, una muerte anunciada, pero la luna nunca me lo quiso decir. Ya se lo he dicho, mi amor huyo escondiéndose tras el unicornio, hasta aquella despedida tenía en si una gran belleza. Cómo olvidar su imagen alejándose de mis pupilas.
Tengo ganas de dar un paseo por la vieja estación, ¿me acompaña querida amiga? Nunca le han dicho que los trenes tienen la magia de los paisajes y el dolor de los amores perdidos. Nunca le han dicho que en las viejas estaciones se oyen los besos de los que se despidieron, que es como una música que llega a lo más hondo de quienes tienen la suerte de escucharla. A veces mi melancolía necesita compañía, entonces vengo aquí, me siento y dejo volar mis viejos amores. Ellos vuelan con las alas de alondras y me traen los pétalos de aquellos momentos. ¿Puede cogerme la mano? hoy me siento muy triste, tengo el alma herida, necesito una mano amiga que acoja unos segundos el dolor de las yemas de mis dedos. Por aquí ya no pasan los trenes y si en algún momento los oigo venir, vienen devorados por el alba. Son como un museo sin ventanas, donde las imágenes no pueden salir.
Un abrazo que se lo lleva el destino,
un destino que mueve el agua de los lirios,
un lirio que duerme sobre mi pecho herido,
un pecho que busca una brisa que lo ame,
una brisa que detiene la mirada de la luna,
la luna que canta a los amores de otoño
y el otoño me ha robado todos mis abrazos.
Ya ve, a veces me pierdo en ese último abrazo, fue tan perfecto que despertó a todos los durmientes del bosque. Fue un abrazo de agua, un abrazo con un “Te quiero” escondido en las nieves del norte. Aquí me quedaré esperando que los abanicos del sol traigan la calidez de la primavera, para que me devuelvan lo que el otoño me robo, para que éste amor huido aparezca junto al unicornio y así poder ver, sentir, en mi corazón la fusión de millones de estrellas en un solo segundo.
Yo, querida amiga, amé a aquella mujer. Amé el diamante de luna que se escondía en su corazón. Por cierto que ni a ella, ni al diamante los volví a ver.


