HOMENAJE PÓSTUMO
HOMENAJE PÓSTUMO
A Federico García Lorca
Hay que decir que España por olvidar el dolor es capaz de olvidar a sus genios. Remover la tierra es escarbar a corazón abierto las llagas del pasado, las de dos bandos, hermanos contra hermanos, la herida aún sin cicatrizar de la guerra civil española.
“Donde habite el olvido” -dijo Cernuda- y el olvido puede que se halle en el campo, en los barrancos que se convirtieron en desesperados cementerios para miles de españoles que, bajo la convulsa tierra que les vio nacer, callaron su grito de libertad. En la postergación de la memoria, en su olvido más cruel, se hallan los restos de un poeta, poeta en mayúsculas, poeta en su significado más alto y digno, los de Federico García Lorca. Como los de tantísimos otros que yacen en fosas comunes, ya olvidados de dioses y de los hombres. A venerarlos sólo van raíces e insectos y el agua que el cielo con dolor derrama sobre la tierra que oculta los cadáveres. Nadie sabe con exactitud (a lo sumo los propios asesinos que callaron cobardemente para siempre) en qué paraje de la campiña cayó el cuerpo de Federico. Una bala llena de rabia atravesó el frágil corazón del poeta. Nadie sabe dónde su sangre regó las flores que esperaban la llegada de la luz de la mañana, sólo la luna, con su reflejo melancólico, señala donde yacen los huesos de Lorca, lugar sagrado para los poetas, que sólo en sus versos acercan flores de brisa entrecortada a la eterna figura granadina.
Pero no sólo la madre naturaleza quiere rendirle homenaje físico, también nosotros, hombres de a pie, queremos llevarle flores y racimos de estrellas. Para que ello suceda sólo ha de ser rescatado su cuerpo de la tierra que lo acoge y darle el entierro que merece, majestuoso y digno, al que acudamos todos aquellos que queramos darle el último adiós terrenal, en nuestro nombre y en los que ya se han ido y no pudieron hacerlo. Así cerraremos una herida más de esta España que olvida sus pasos y a sus gentes. Puede que con el entierro de Lorca entendamos mejor nuestra historia y demos al poeta el lugar que en la historia se merece.
Yo quiero emocionarme junto a su lápida y a su universal epitafio. Porque las palabras que en un futuro, espero no muy lejano, sean grabadas en el mármol que lo acoja han de ser para toda la humanidad, palabras que digan siempre, como las que llenan su maravillosa poesía. Siempre contigo querido poeta.
José Fuentes.
A Federico García Lorca
Hay que decir que España por olvidar el dolor es capaz de olvidar a sus genios. Remover la tierra es escarbar a corazón abierto las llagas del pasado, las de dos bandos, hermanos contra hermanos, la herida aún sin cicatrizar de la guerra civil española.
“Donde habite el olvido” -dijo Cernuda- y el olvido puede que se halle en el campo, en los barrancos que se convirtieron en desesperados cementerios para miles de españoles que, bajo la convulsa tierra que les vio nacer, callaron su grito de libertad. En la postergación de la memoria, en su olvido más cruel, se hallan los restos de un poeta, poeta en mayúsculas, poeta en su significado más alto y digno, los de Federico García Lorca. Como los de tantísimos otros que yacen en fosas comunes, ya olvidados de dioses y de los hombres. A venerarlos sólo van raíces e insectos y el agua que el cielo con dolor derrama sobre la tierra que oculta los cadáveres. Nadie sabe con exactitud (a lo sumo los propios asesinos que callaron cobardemente para siempre) en qué paraje de la campiña cayó el cuerpo de Federico. Una bala llena de rabia atravesó el frágil corazón del poeta. Nadie sabe dónde su sangre regó las flores que esperaban la llegada de la luz de la mañana, sólo la luna, con su reflejo melancólico, señala donde yacen los huesos de Lorca, lugar sagrado para los poetas, que sólo en sus versos acercan flores de brisa entrecortada a la eterna figura granadina.
Pero no sólo la madre naturaleza quiere rendirle homenaje físico, también nosotros, hombres de a pie, queremos llevarle flores y racimos de estrellas. Para que ello suceda sólo ha de ser rescatado su cuerpo de la tierra que lo acoge y darle el entierro que merece, majestuoso y digno, al que acudamos todos aquellos que queramos darle el último adiós terrenal, en nuestro nombre y en los que ya se han ido y no pudieron hacerlo. Así cerraremos una herida más de esta España que olvida sus pasos y a sus gentes. Puede que con el entierro de Lorca entendamos mejor nuestra historia y demos al poeta el lugar que en la historia se merece.
Yo quiero emocionarme junto a su lápida y a su universal epitafio. Porque las palabras que en un futuro, espero no muy lejano, sean grabadas en el mármol que lo acoja han de ser para toda la humanidad, palabras que digan siempre, como las que llenan su maravillosa poesía. Siempre contigo querido poeta.
José Fuentes.


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